" ¿Qué estás haciendo? ",
preguntó un Maestro al discípulo visiblemente
cansado.
- Estoy terminando de embotellar el fertilizante
que creé
para hacer que crezcan fuertes y vigorosos los Árboles del Éxito.
Aquél que coma sus frutos será, con certeza, alguien muy exitoso.
" Es bueno saber que estuviste empeñado
en un
servicio para el bien del prójimo" , dijo el Maestro.
Sonriendo lleno de satisfacción, el discípulo
salió dirigiéndose
a verdes campos para cumplir la tarea que se había atribuido.
Pasado un buen tiempo, nuevamente ambos se encontraron
y,
esta vez, el discípulo mostraba señales de una gran desilusión.
" ¿Porqué estás tan cabizbajo, hijo? "
- Mire, Maestro ... fueron tantos los que comieron
los
frutos de los Árboles del Éxito y hasta hoy no tuve
noticia de que alguno lo alcanzara.
" ¿Cómo lo hiciste todo? "
, preguntó el Maestro.
- Bien ... junté Semillas de Deseo de Vencer
con Semillas
de Disposición para el Trabajo, de Amor a la Prosperidad,
de Fe en Dios y de Suficiente Tiempo para Orar.
Después las mezclé todas en un fuerte té,
hecho con Hojas verdes de Esperanza y salí regando
las tierras de los Árboles del Éxito.
Todos crecieron fuertes y con bellos frutos, pero aquellos
que los comieron no obtuvieron el resultado que era de esperarse:
el éxito no aconteció .
El Maestro escuchó atentamente la narración
y dijo al final:
" No te desanimes, hijo.
Comienza todo otra vez pues ahora será más fácil:
únicamente tendrás que regar de nuevo las tierras.
Pero no te olvides de poner en el fertilizante
la ÚNICA semilla que faltó "
" ¿Y cuál es esa, Maestro? " ,
preguntó el discípulo, muy intrigado.
El Maestro respondió :
" Hijo, te olvidaste de la Semilla de la
Confianza de los Hombres en Sí Mismos "