¿Has
percibido que, a pesar de que somos partes
muy inteligentes
de la Naturaleza, no la acompañamos
con sabiduría?
El Verano es soberbiamente festejado por
la Naturaleza,
que nos brinda con él, aún
más sus bellezas.
Y nosotros...
¿Que hacemos?
¡Reclamamos del calor, del sudor,
de la pereza!
El Otoño es recibido por la Naturaleza
como una bendición que
promueve la renovación, que trae
la promesa de novedades,
dándonos la receta de "cómo
saber esperar".
Y nosotros... ¿Cómo
reaccionamos ante el Otoño?
De inicio asociamos esa estación
con vejez, con
caídas, con rompimientos, con señales
de fin de fiesta.
¡No vemos el recomienzo!
En medio de tantos pensamientos grisáceos
miramos el
tiempo pasar y llega el Invierno, alejando
al Otoño.
La Naturaleza se vuelve más silenciosa,
menos seductora,
¡Como guardando energías
para un gran evento!
Y nosotros... ¿Cómo
nos comportamos en el Invierno?
Maldecimos del frío, casi incendiamos
la casa con
calentadores, chimeneas y todo lo que
dé un calorcito
para calentar nuestro mal humor y nuestras
quejas.
A la hora de levantarse... "¡Que
Dios nos ayude!".
A la hora de bañarse...bueno, ni
se diga.
Tiene dos momentos terribles: el de entrar
y el de salir.
¡Qué insatisfacción
crónica tenemos!
¡Finalmente llega la Primavera!
La Naturaleza entera se expande y exhibe
sus mayores bellezas,
que poco a poco se formaron durante las
otras estaciones.
¡Todo es fiesta!
Y nosotros... ¿Cómo
la miramos?
Generalmente la vemos como la gran salvadora
de los
"desastres" que se sumaron hasta
que llegara.
¡Es como un rescate!
Incluso hay quien solo logra ser feliz
en Primavera.
¡Eso ya es demasiado!
Si nosotros no comulgamos con la Naturaleza,
solo nos quedarán tres salidas:
¡Dejamos el planeta,
cambiamos nuestros pensamientos o cambiamos
de cabeza!
Yo, personalmente, prefiero cambiar mis
pensamientos.
¡Es una cuestión de Paz para
365 días!