Se cuenta que una religiosa todos los días reunía personas,
conversaba con todas ellas, distribuía cosas que escribía,
cantaba algunas canciones y abordaba temas filosóficos.
Siempre terminaba sus sesiones leyendo el Salmo 23 con
una personal, dramática y bella interpretación:
" El Señor es mi Pastor y nada
me faltará ... "
Los espectadores la escuchaban con mucha atención
y al final aplaudían ardientemente, admirando su increíble
habilidad para poner tanta vida en aquél salmo bíblico.
Un día, poco antes de que la religiosa comenzara a leerlo,
una mujer que siempre comparecía a las reuniones y
permanecía en observación silenciosa,
habló en tono bastante alto:
" Hermana, ¿Le importaría si hoy
leyera yo el Salmo 23?
"
La religiosa se asombró con tan inusitado pedido,
pero permitió que la mujer se aproximara
y subiera a la pequeña tarima.
Con un suave tono de voz la mujer empezó
a recitar las palabras del Salmo.
Cuando terminó, no hubo aplausos como en las otras reuniones.
Las personas no se levantaron y permanecieron
silenciosamente en sus lugares.
Todo lo que podía escucharse era el sonido de emocionados sollozos.
El auditorio se había impresionado fuertemente con la declamación
de la mujer y cada par de ojos estaba inundado de lágrimas.
Conmovida por lo que estaba presenciando, la religiosa dijo a la mujer:
" No puedo
entenderlo. ¡He leído ese salmo desde hace tantos años!
¡Tengo toda una vida de experiencia y entrenamiento,
pero nunca fui capaz de conmover al auditorio tan
profundamente como usted lo ha hecho! Dígame, ¿Cuál es su secreto? "
La mujer, humildemente, respondió:
" Bien, Hermana ... usted conoce el salmo
y las historias del Pastor ...
pero yo conozco a las ovejas. "